El guitarrista flamenco José Antonio Carmona Carmona, más conocido como Pepe Habichuela, ha muerto este martes a los 82 años en Madrid a causa de una enfermedad pulmonar. Fue una de las figuras más influyentes de la guitarra flamenca contemporánea.
“En la calle La Alegría donde se pasea mi alma, unos cantan y otros bailan y yo hablo con mi guitarra, y el ritmo me llega/ Alegría que sale de mi, habla al corazón, huele a Yerbabuena”. Esta letra grabada hace 25 suena hoy a epitafio, a manifiesto sobre la manera de estar en el mundo del maestro Pepe Habichuela. La encontramos en Oriente, la rumba que abre Yerbabuena (Nuevos Medios 2001), su disco en colaboración con la orquesta india Bollywood Strings. Entre guitarras y violines, un coro de mujeres deja esta letanía de colores que lo impregna todo. Oriente suena actual y fresco un cuarto de siglo después y ejemplifica la carrera del músico granadino, musicalidad, flamencura y mestizaje con otras músicas.
La curiosidad y la valentía de Pepe Habichuela viene de mucho antes de Yerbabuena, viene de hace 50 años, cuando abandona el sueldo fijo de un tablao para sentarse junto a otro granadino, Enrique Morente, a pegarle tres vueltas al flamenco. Nervios, ilusión y ninguna certeza hacia el futuro ante un ambiente de lo jondo que rechazaba de pleno los caminos de la experimentación. “Me he partido los cuernos yendo todos los días a casa de Enrique a trabajar”, confesó el año pasado en una entrevista en Radio3.
El resultado de esos meses encerrados en el estudio mientras su mujer, Amparo Bengala, mantenía la casa con su sueldo de bailaora en Torres Bermejas, fueron dos discos que se publicaron en 1977, Homenaje a don Antonio Chacón y Despegando. Con ellos, y con los años que siguieron, Enrique Morente y Pepe Habichuela se convirtieron en una de las parejas más decisivas en la actualización y evolución del flamenco.
Pepe Habichuela nació José Antonio Carmona en Granada en 1944 en el seno de una dinastía de artistas. Desde que era un niño subía las cuestas del Sacromonte arrastrando su guitarra para ganarse unas perras en las zambras. El mayor de los hermanos, Juan, antes de embarcarse en una gira internacional le llamó desde Madrid para que ocupase su lugar en el tablao Torres Bermejas. Ahí, codeándose con los grandes artistas del momento, se labró el reconocimiento como profesional y el cariño como persona.
Dicen que cuando los Habichuelas tocaban juntos se producían desconchones en los techos encalados de las cuevas de Granada. Ese rasgueo poderoso y único que necesitaba para que la guitarra se dejase oír en las bullangueras zambras y en los tablaos fue el elemento diferencial de la guitarra de la mítica saga de tocaores. Pero había mucho más en esas guitarras granaínas. El Día de Andalucía de 1993 Morente presentó a sus acompañantes en el concierto del mítico colegio mayor San Juan Evangelista, Juan y Pepe Habichuela como “la orquesta sinfónica del Albaicín”.
Tras acompañar a Enrique en las primeras diabluras jondas, Pepe inició una carrera en solitario que se consagró con el primer disco flamenco del sello Nuevos Medios. Con A Mandeli, Pepe estrenaba la denominación Jóvenes Flamencos que tan de moda se puso posteriormente. En plena grabación del mismo el segundo de los hermanos Habichuela le comentó al jefe de Nuevos Medios, Mario Pacheco, hay unos chavales que están haciendo un flamenco fresco que merece la pena. Eran los Ketama y este golpe de nepotismo visionario hacia su hijo y sus sobrinos impulsó al grupo que puso a bailar a toda España en los años 90.
Gracias a su curiosidad y a la libertad creativa que le daba Nuevos Medios, Pepe Habichuela —con el apoyo incondicional y discreto de su hijo Josemi Carmona— pudo tejer una de las carreras más internacionales del flamenco. Además de la ya citada colaboración con la orquesta india Bollywood Strings, Pepe Habichuela grabó con el trompetista Don Cherry —que decía que su guitarra era “un árbol llorando”— o el bajista Jaco Pastorius. Especialmente fructífera fue su colaboración con el también bajista Dave Holand con quien giró varios años por los mejores festivales de jazz. Hace pocos meses Holland se dejó caer por la casa de los Habichuela en el barrio de Lucero de Madrid para despedirse de su amigo, que ya peleaba con la cruel enfermedad que se lo ha llevado. Los abrazos y las sonrisas sortearon una vez más las barreras de comunicación, aunque no vino mal la ayuda de algún nieto y de la fotógrafa alemana Anya Bartels Suermont, amiga de la casa.
Esta vez no ha hecho falta llegar al día de la despedida para dar vida a la leyenda de un artista. La leyenda y el reconocimiento a Pepe Habichuela no ha hecho nada más que empezar, pero arrancó hace ya algunos años, cuando los que tienen poder de decisión resolvieron que, por su bondad artística y humana, era necesario celebrarlo en vida. Todo empezó en el Circo Price, donde músicos de muy distintas disciplinas le rindieron homenaje en tres días consecutivos; el Festival Flamenco On Fire de Pamplona le nombró desde la primera edición su embajador perpetuo aunque él prefería llamarse “el emBadajoz del flamenconfair”.
El ministro de Cultura José Guirao le concedió la Medalla de Oro del Mérito a las Bellas Artes, algo que el Gobierno actual elevó recientemente a la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio, la más alta distinción de nuestra cultura. El tributo que el mundo del flamenco le brindó el verano pasado en las Noches del Botánico de Madrid, entre otros tantos gestos de agradecimiento por toda España, son la muestra del cariño que ha recibido merecidamente en los últimos años. El regalo más importante que nos deja Pepe Habichuela a todos los aficionados a la música es haberse ido con las botas puestas tocando hasta hace muy pocos meses, bien pasados los ochenta, en los mejores escenarios con la misma sonrisa y la misma flamencura de siempre.
